León nunca ha sido castellano, pero Castilla sí ha sido leonesa
25 Julio 2025 | Jorge Díaz - Sindicato de Estudiantes León
La historia de León comienza mucho antes de ser reino. En el siglo I d. C., la Legio VII Gemina estableció su campamento permanente en lo que hoy conocemos como León. De aquella base militar nació una ciudad que, con la caída de Roma, pasó a ser parte del Reino Suevo y después del visigodo.
En el año 910, tras la división del Reino de Asturias, García I funda el Reino de León, convirtiéndolo en la principal potencia cristiana de la península y llegando a abarcar el territorio de lo que hoy conocemos como Asturias, Cantabria, Castilla, el norte portugués, Madrid, Toledo, zonas de Castilla-La Mancha, parte de Aragón y las provincias del País Leonés ーLeón, Zamora y Salamancaー. Durante los siglos X y XI, León se consolidó como centro político y cultural: impulsó la repoblación de amplios territorios, fundó monasterios y sentó las bases de la futura identidad ibérica.
Cuando Castilla fue leonesa
En sus primeros tiempos, Castilla no era más que un condado periférico del Reino de León, creado para proteger la frontera oriental de las incursiones musulmanas. Gobernada por condes leales a León, Castilla fue creciendo en población y fortificaciones, pero siempre dentro de la órbita leonesa.
Durante los reinados de Ordoño II y Ramiro II, Castilla reforzó su vínculo con la corona leonesa. Fue en este periodo cuando Castilla se convirtió plenamente en parte del Reino de León, adoptando sus instituciones, su sistema jurídico y su dependencia militar. La unión de la Corona de León con la de Castilla en 1230 se produjo como resultado del reinado de Fernando III "el Santo", quien unió ambos reinos tras la muerte de su padre, Alfonso IX de León, y la renuncia de las infantas Sancha y Dulce al trono leonés en 1230. Esta unión fue posible gracias a la Concordia de Benavente, un acuerdo mediante el cual Teresa de Portugal, la primera esposa de Alfonso IX, renunció a los derechos de sus hijas sobre el trono leonés, permitiendo a Fernando heredar el reino de su padre y completar la unión de Castilla y León bajo una sola corona con el nombre de “Corona de Castilla”.
La cuna del parlamentarismo
León no solo destacó por su poder militar y territorial, sino también por su innovación política. En 1188, durante el reinado de Alfonso IX, se celebraron en la Basílica de San Isidoro las Cortes del Reino de León, reconocidas por la UNESCO como el primer sistema parlamentario del mundo. Por primera vez, representantes del pueblo —no solo nobles y clérigos— participaron en la toma de decisiones. Este hito marcó el nacimiento del parlamentarismo moderno.
La llingua llionesa: una herencia viva
La identidad leonesa no se puede comprender sin su lengua. La llingua llionesa, heredera directa del latín vulgar hablado en el Reino de León, floreció como lengua administrativa y literaria durante siglos y dio lugar a lenguas como el asturiano o el mirandés. Aunque hoy se encuentra en situación vulnerable, sigue viva en las comarcas leonesas, zamoranas y salmantinas, siendo un símbolo irrenunciable de la cultura leonesa. Su recuperación no es solo una cuestión lingüística, sino también un acto de justicia histórica que depende completamente de los y las leonesas.
La traición de 1983
En plena Transición, Rodolfo Martín Villa, arquitecto de la derecha española y heredero directo del franquismo, impulsó la creación de la comunidad autónoma de Castilla y León. Con este artificio, se negó a León la posibilidad de una autonomía propia, fusionando la histórica Región Leonesa con Castilla bajo el pretexto de la estabilidad política. Así, se creó una “megacomunidad” donde León quedó diluido y marginado, sin siquiera realizar un referéndum. ¿Pero por qué Villa se esforzó tanto por conseguir esta mancomunidad? El objetivo estaba claro: la derecha necesitaba una comunidad autónoma grande que tratara de eclipsar en importancia a Euskadi y Cataluña, referentes de la izquierda española.
¿El resultado? Nadie se siente castellanoleonés porque es un sentimiento ficticio, creado por el poder y no por el pueblo, algo irrisorio y carente de significado real. O se es leonés o se es castellano, pero no ambas.
Reclamar la autonomía leonesa no es nostalgia; es exigir reconocimiento a una historia milenaria, a una lengua propia y a una identidad que nunca ha sido castellana. León merece recuperar la voz que le arrebataron, ejercer su autogobierno y decidir su destino. La autonomía leonesa es justicia histórica, cultural y democrática: porque León es la cuna del parlamentarismo sin parlamento propio, porque León nunca fue castellano y no volverá a someterse.